Una inmigrante etíope me abre las puertas de su casa mientras viajo por Israel.
Fuente: experiencia personal
Tantas veces negamos las bendiciones que nos ofrece el Camino porque nos da vergüenza, “pena”, y no queremos ser una carga. Pero siempre tenemos algo para dar a cambio, y a veces nuestra sola presencia es suficiente.
¿Cuántas veces tenemos exactamente lo que el otro necesita, y el otro tiene exactamente lo que necesitamos nosotros?
Si no estás acostumbrada a recibir, desafíate a pedir un favor pequeño. Y si no estás acostumbrado a dar, busca quién necesite algo de ti que puedas dar.
Porque cada que uno da, recibe. Y cada que uno recibe, también da.
Cuando tenía 21 años, tuve una etapa en donde resulté varada en la lejana tierra de Israel, sin dinero y sin conocer a nadie, y pasé dos meses durmiendo en la calle y comiendo de la basura. Cómo resulté en esta situación es otro cuento para otro momento, pero el caso es que una noche llegué a la ciudad de Haifa, al lado del mar. Eran ya como las nueve de la noche y las calles estaban oscuras y vacías. Y me puse a andar de un lado para otro con mi enorme mochila que pesaba demasiado, buscando algún parque donde pudiera esconderme entre los arbustos para ojalá poder dormir un poco sin que nadie me viera.
Pero ya llevaba como una hora dando vueltas y nada que encontraba un parque. Esto era la época en donde todavía no teníamos celulares con Google Maps que nos hacen la vida tantísimo más fácil, así que no podía simplemente mirar a dónde ir. Tampoco había a quién preguntarle. Estaba en una zona como residencial, puros edificios, puro cemento y no había nadie. Las ventanas estaban oscuras. Ya estaba tarde, como que todo el mundo ya se había ido a acostar.
Pero finalmente más adelante, en una parada de bus solitaria en medio de la nada, vi a una mujer, una mujer negra con dos niños pequeños que se veía que era inmigrante etíope. Así que me la acerqué y con el poquito hebreo que manejo le pregunté que si quedaba algún parque por aquí cerca. Y ella me miró extrañada y me dijo ¿para qué quería parque a estas horas de la noche?
Y bueno, le expliqué más o menos, no, es que estoy viajando y simplemente voy a dormir ahí. Tengo aquí mi bolsa de dormir y voy a dormir y mañana sigo viajando. No le quise contar, obviamente, que estaba en problemas.
Y ella me miró y dijo no, pero cómo se te ocurre, cómo vas a dormir en un parque, vente a dormir a mi casa. Y esto a mí me sorprendió muchísimo, porque bueno, en Latinoamérica también somos muy amables, pero en el Medio Oriente es otro nivel, donde literalmente lo invitan a uno sin conocerlo, así, en la calle, para que vaya a la casa.
Y a mí me dio muchísima vergüenza, más que vergüenza me dio pena. En Colombia hay una palabra que realmente no se usa de esta forma en otros países. La pena en otros países significa como lástima, tristeza, pero en Colombia la pena es un concepto muy interesante. La pena es una especie de vergüenza, pero sin haber hecho nada malo. La pena es un sentido de inferioridad, es un sentir que yo no merezco algo y que por lo tanto no debería estarlo recibiendo, no debería estar ahí, no tengo derecho. Eso es. La pena es un no tengo derecho.
Y yo sentía muchísimo eso. Sentía que no tenía derecho a ir a la casa de esta mujer, cómo es que me estaba abriendo las puertas así, con dos niños pequeños.
No sentía absolutamente ningún miedo de ella o alguna duda que me fuera a hacer algo. Así no son las cosas en muchas partes del mundo. Pero me daba pena aceptar su invitación porque yo no tenía nada para darle a cambio.
Y nunca antes había estado realmente en una posición así. Siempre he trabajado por lo que quiero, siempre he tratado de dar más de lo que recibo. Y sin embargo, necesitaba un lugar donde dormir.
Y ya sí estaba muy cansada y estaba muy tarde y a pesar de que en esa época por lo menos Haifa era una ciudad muy muy segura, de todas formas, una mujer durmiendo afuera sola siempre corre un poco de peligro, ¿no? Así que bueno, con pena y todo le dije gracias. Y tomamos el bus y nos fuimos, me fui con ella para su casa.
Y ella acostó a los niños y nos quedamos conversando un rato. Me contó un poco de su historia, que había emigrado a Israel desde Etiopía hace unos años, pero que todavía le estaba costando un poco el hebreo, y que le estaba costando bastante integrarse a la sociedad. Que todavía a veces encontraba racismo, ¿no? Que no había logrado hacer muchos amigos.
Me contó un poco de su vida, me mostró algunas de las revistas donde ella había aparecido como modelo porque era una mujer extraordinariamente hermosa, la más hermosa que he visto en la vida realmente. Conversamos un poco, pero lo que más me insistió fue que al día siguiente ella tenía que salir de la casa a las seis de la mañana para ir al trabajo y para llevar a los niños a la guardería, pero que yo me podía quedar allí. Podía dormir hasta la hora que quisiera, y que cuando ella regresara a casa me prepararía un plato típico de Etiopía y compartiríamos la cena y conversaríamos más.
Y ¡guau! Eso era lo que más necesitaba en ese momento. Poder dormir tranquila, dormir profundo hasta tarde. No como en los parques cuando siempre dormía con un ojo abierto por si de pronto se me acercaba a alguien para robarme o peor, ¿no? Estaba tan cansada y llevaba el cansancio acumulado de muchas semanas en la calle.
Y comer, comer una comida preparada con amor, una comida casera típica de una cultura que no conocía, a mí que me encanta probar cosas nuevas, era lo que más necesitaba. Pero... ¡ay no! ¡Qué pena! ¡Qué pena! ¿Cómo se te ocurre que me vas a dejar sola en tu casa? ¡Tú que ni me conoces! ¡Qué vergüenza contigo! No, no podría, no tengo derecho a eso. Sería demasiado atrevido de mi parte. Me estaría aprovechando de tu hospitalidad si me quedo aquí en tu casa cuando tú no estás. No, no, no, tranquila. Yo me voy contigo a las seis de la mañana.
Y eso hice. Y claro, a las seis de la mañana otra vez a salir con mi enorme mochila, a caminar, a dar vueltas, sin poder disfrutar de ninguno de los lugares que estaba conociendo porque estaba tan, pero tan cansada.
Y aquella noche otra vez a buscar un parque, a dormir entre los arbustos, y recuerdo que esa noche no pude dormir nada porque a las dos de la mañana se prendieron las regaderas y justo donde estaba durmiendo me empapó la mochila, me mojé toda, tuve que salir corriendo a buscar otro lado y más bien a quedarme sentada a esperar que me secara y a que subiera el sol.
Lo que más necesitaba en ese momento era precisamente lo que ella me estaba ofreciendo. Pero me aterraba la idea de ser una carga para alguien. No quería incomodar a nadie, no quería ser una molestia. Y por eso me fui. Lo que yo más necesitaba en ese momento era precisamente lo que ella me estaba ofreciendo. Pero no quería ser una carga para ella ni para nadie, no quería ser una molestia. Me daba demasiada vergüenza saber que ella estaba haciendo tanto por mí, que ya había hecho tanto por mí y antes me seguiría dando más y yo no tenía nada para dar a cambio. No quería ser una carga, así que le dije no, muchas gracias.
Pero, ¿saben una cosa? Mucho tiempo después, años después realmente, fue que me di cuenta que lo que ella más necesitaba en ese momento era que yo me quedara. Porque estaba sola, tan tremendamente sola. Madre soltera con dos niños, pero no tenía con quién conversar, a quién cocinarle, con quién hablar de cualquier cosa, con quién compartir.
Estaba sola en un país lejano y extraño para ella, donde no conocía realmente a nadie, donde no tenía comunidad y en Etiopía la familia y la comunidad son tan importantes. Y no tenía eso allá, desarraigada de su tierra, en una tierra donde todavía algunas personas la trataban con racismo, donde no se sentía aceptada ni en casa. Ella lo que más necesitaba era precisamente lo que yo tenía para ofrecerle, una compañía, una sonrisa, ayudarle a lavar los platos o cualquier ayudita que le pudiera dar en la casa con los niños.
Pero más que todo, tener con quién conversar, tener a quién cocinarle. Y yo le dije que no. Yo me negué la bendición que ella me estaba ofreciendo, porque pensé que yo era una carga. Pero sin darme cuenta, le negué a ella la bendición que yo tenía para ofrecerle, porque no me daba cuenta que yo era bendición.
Y afortunadamente aprendí de esa experiencia y por lo tanto no puedo decir que me arrepiento de haber dicho no, porque bueno, uno comete errores, pero desde que aprenda de esos errores, por lo menos hasta cierto punto valen la pena. Porque haberme dado cuenta de eso, me ha cambiado la forma de vivir y de viajar.
Ahora viajo con las manos abiertas y ahora también, cada que puedo, le abro las puertas de mi casa a los viajeros o a las personas que necesiten. Porque aprendí algo. Aprendí, por encima de todo, que uno no necesita algo monetario para dar a cambio. Que uno en sí ya es suficiente. Que uno siempre tiene algo para dar.
Bendición para mí es bendición para ti. Así es que funciona. Y gracias a entender eso, he podido impactar las vidas de muchísimas personas en mis viajes, porque siempre estoy buscando qué necesita esta persona que le puedo dar. Ya sea simplemente una escucha, un chiste, un poco de compasión. Hay tanta gente en este mundo que está sola.
Tantas, pero tantas veces, el otro tiene exactamente lo que yo necesito y yo tengo exactamente lo que el otro necesita. Y si solo nos juntáramos, podríamos cambiar el mundo. Y no lo hacemos. No lo hacemos por miedo o por esa terrible, nefasta pena.
Este tipo de cosas suceden todo el tiempo. Una vez, por ejemplo, estaba en un bus y vi que la chica que estaba sentada al lado mío tenía un dolor de cabeza terrible. Y yo precisamente tenía una pastilla de ibuprofeno buenísimo para los dolores. Y se lo ofrecí. Y me dijo, ay, muchas gracias, pero no tengo con qué tomármela. No tengo agua.
Y justo en ese momento, vi que la chica detrás de mí, detrás, que, y justo en ese momento también vi que una chica detrás nuestro sacaba una botella de agua. Y la gente le puede parecer extraño, pero yo soy así. Yo me pongo a hablar con todo el mundo.
Yo, si yo veo que alguien necesita algo, pues trato de resolverlo de alguna forma. Y le dije a la chica, mira, esta otra chica tiene muchísimo dolor de cabeza. ¿Le podrías regalar un poco de agua para que se tome la pastilla? Y la chica dijo, sí, por supuesto, toma.
Pero la chica del dolor de cabeza le dio pena. Dijo, no, no, no, tranquila, qué vergüenza, cómo me la voy a tomar el agua. No, tranquila, tranquila, estoy bien, estoy bien.
Y yo, pero seguro, pero yo sé que está sufriendo. No, no, no, no, no, esto se me va a pasar, tranquila. Y prefirió sufrir.
Y sí, la entiendo. O sea, a mí también me ha pasado. Uno le da pena, a uno también le puede dar desconfianza.
Pero, ¿cuántas veces no tenemos exactamente lo que el otro necesita y el otro tiene exactamente lo que yo necesito? Y si solamente lográramos juntarnos, podríamos cambiar el mundo. Y no lo hacemos. No lo hacemos por miedo o por aquella nefasta pena.
No sé de dónde viene la pena. Cómo es que nos sentimos inferiores. Cómo es que nos sentimos, cómo es que sentimos que no merecemos algo que está ahí y se nos está ofreciendo. Que no tenemos derecho a algo que alguien libremente nos quiere dar.
Así que te desafío, te reto. Si eres una persona que da y da y da, pero que no sabe recibir, hoy recibe. Acepta algo. Si alguien te ofrece algo y normalmente dirías, ah no, gracias, pero es algo que si quieres, di que sí. Di que sí, gracias. O incluso más difícil, pídele algo a alguien. Lo peor que puede pasar es que digan que no. Pide algo chiquito para que si digan que no, no sea el rechazo, no te duela demasiado, ¿no? Pídele un favor pequeñito a alguien, algo que no les cueste. Y por lo general, las personas están más dispuestas de lo que uno cree, ayudar a decir que sí.
Y al revés, si no estás acostumbrado a dar tanto, ofrece algo. Hoy ponte a mirar quién de pronto necesita alguna cosa que yo tengo. Así sea algo lo más sencillo del mundo. No sé, darle el puesto a alguien en el bus, ayudar a alguien a cargar alguna cosa. Ofrece.
Y puede que te digan que no, pero ofrece de corazón. Y a veces las conexiones más bellas vienen de estas interacciones. Cuando vemos que el otro necesita algo que nosotros podemos solucionar, es muy bonito.
Y recuerda siempre que tú eres suficiente, que tú tienes tanto para darle al mundo. Gracias a esa mujer etíope que conocí al lado del mar, ahora entiendo que cada que uno da, recibe. Y cada que uno recibe, también da.